Caperucita y el lobo. Febrero 2006
En febrero del año pasado el Fancine de Agitación Cultural "majalula" publicó, en su número 5, un especial llamado Literatura Carnavalesca. El editor del fancine, Mario Ferrer, me pidió que ilustrara el cuento que abría el especial, de título: "Carnaval" y cuya autora es Candela Vega. Lo hice bajo el seudónimo de Iván Foxá. Sin permiso de Mario, pero con permiso de Candela, aquí les cuelgo el citado cuento y la ilustración que se publicó.
Carnaval
Caperucita sonrió al lobo.
Tenía la vaga esperanza de que mi situación mejorara con buenos modos, pero mis formas no hicieron más que animar a la fiera. Hoy quiere fiesta. Los ojos del animal brillaban sobre mi espalda, y aunque la idea de huir ya había pasado por mi mente, me sabía acorralada.
- ¿Dónde vas, Caperucita? dijo el lobo relamiéndose.
- Sin tu permiso ni me muevo....
En este momento soy plenamente consciente del efecto que causan cada uno de mis movimientos en él, sé con exactitud qué es lo que el animal no puede resistir. Soy poderosa. Puedo llevarlo al límite de su capacidad de control, alargar el tiempo de juego hasta provocar su ataque voraz. No tiene prisa, disfruta observando cada uno de mis movimientos. Le miro y sonrío, sabe que me tiene.
- Lobo, ¿me vas a perdonar la vida por esta vez? susurró Caperucita mientras gira la cabeza lentamente...
- No te lo mereces, cordera.
Se toca mientras me exhibo, me excita verle caliente. No hay nada más estimulante que sentir el efecto que le produce la visión de mi cuerpo contoneándose a sus pies. Le muestro mi entrega. Camino a cuatro patas delante de él arqueando mi espalda, dejo asomar mi coño rasurado y apretado contra una tira de cuero rojo. Una sola tira que rodea mi cintura y atraviesa mis entrañas, hecha para la ocasión. Me levanto la caperuza lentamente, le dejo ver. Vuelvo a taparme.
Le huelo, huele a hombre.
- Acércate, Caperucita, que no voy a comerte, no tengas miedo.
- Acércate, lobo, que voy a comerte, no tengas miedo.
Comerse a un devorador profesional es todo un reto, no puedes perder la concentración, cada gesto debe superar el anterior. Le miro a los ojos mientras saco mi lengua, larga, húmeda, artillería pesada. Tengo hambre. Como a placer clavándome cada vez más en su cuerpo. Despacio, noto como mis labios se van hinchando de la presión. La seda roja se pega a mi piel. Tiembla.
Le lamo, sabe a hombre.
Pienso en los límites de la decencia, aunque en realidad nunca me ha interesado ser decente, así que concluyo que no tengo límites. Mi lengua recorre ociosa su cuerpo, busco y encuentro. Cazador, cazado. Suave y húmeda mi boca gana espacios insospechados, me apodero del hombre calmando sus miedos. Te tengo. El devorador deja en mi boca todos sus sentidos, sorprendido, se entrega al banquete. Siento su leche en mi pelo, en mi cuello, en mi espalda. Enterrada en él no dejo de comer. El tiempo se hace infinito.
Le oigo, gime como un lobo.
- Cariño, ¿te apetece Blancanieves para la próxima vez?
- Vale. Yo me encargo de los enanitos.
Candela Vega




